Mi marcianita de Marte

Ella me encantaba porque todo le daba igual. Ella era como era. Eso es lo que transmitía a todo el mundo. Se podría decir que era algo estrafalaria, diferente, pero de esa forma especial que daba confianza.  A pesar de lo pequeña que era, aquella mujer llamaba la atención, tenía presencia. Ella era única para mí, estaba completamente enamorado, me gustaba como se movía con pasitos rápidos por el mundo, generaba música con su cuerpito, caminando movía los brazos, casi bailando, a veces hasta a mi me hacía dudar de si llevaba los cascos de música puestos, aun sabiendo que eso era imposible, porque mi marcianita (como yo la llamaba), nunca llevaba de esos aparatejos (como ella decía) porque ella quería escuchar el mundo y no perderse nada de lo que pudiese oír allá donde fuera. Era natural, como nunca a nadie había conocido. Puedo confirmar que nunca, ni una sola vez , ella se había preocupado de lo que la gente pensara. En verano, cuando caminaba por la calle en bikini, y yo le decía que las señoras y los señores le echaban miradas de todo tipo, ella me contestaba que estaba loquito, que nadie la miraba, que serían  miradas de envidia, de lo fresquita que estaba ella y lo pegajosos y sudorosos que se sentían ellos. Un día la llevé a un restaurante de la ciudad, uno elegante, y ella se había puesto preciosa, más que nunca, llevaba un vestido rojo largo y su negro pelo ondulado lo llevaba recogido de forma que coquetos mechones le acariciaban las mejillas. Durante la cena ocurrió de todo. Ella nunca bebía alcohol, y cuando lo hacía se volvía todavía más traviesa. Con mirada picarona se tomaba su primera copa de vino, mientras degustaba con ganas una buena lubina. Pero mi marcianita podía hacer demasiadas cosas a la vez, podía comer, masticar como si nada ocurriese, saborear su vino tinto , coger un cacho de pan, mojar en la salsa, abrir ligeramente la boca, tragar, engullir las ricas patatas, mientras, por debajo de la mesa, con aquellos hábiles piececitos, me ponía más salido que el pico de una plancha. Yo, casi sin comer, estático en mi asiento, solo podía ver su escote iluminándose con la vela, su boca, su lengua, su pervertida mirada, me entró un sofocante calor que me hizo quitarme la americana, al no poder levantarme de mi asiento para ir a refrescarme al baño. Ella me dejaba absorto, tanto, que no escuché al camarero cuando me vino a servir la carne, justo en el momento en el que yo había decidido llamarle para pedir una botella de agua, porque el vino ya me estaba abrasando, el vino, y mi marcianita, el hecho es que me giré en el  mismo momento en el que él se me acercaba con el segundo pedido, tirándole así el plato, mi plato, por encima de mis pantalones, exactamente por encima de mi entrepierna, que en ese momento se veía más de lo normal, el camarero instantáneamente me quiso limpiar con la servilleta, pero mi marcianita se levantó con esos bailes suyos y le dijo con voz cantarina -déjeme, déjeme a mi, esto es cosa mía-, guiñándole un ojo, cogió la servilleta y se arrodilló ligeramente para limpiarme con cariño y esmero, en la misma zona en la que llevaba trabajando ya toda la cena, pero esta vez, todos nos veían, algo que como decía, a ella no le importaba en absoluto, ella era como era, y yo ya había aprendido a dejarme llevar por esos grandes momentos, no iba a desaprovechar el tremendo placer que mi marcianita me daba, sólo porque algunas personas nos estuvieran mirando.

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