El zapatero y los duendes en proceso

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Textos de aprendizaje

Estos textos son ejercicios de aprendizaje con el profesor Xoan Couto, Editorial Oqo, Pontevedra.

LA MUJER DE ENFRENTE

Se la veía perdida, sumergida en algo que solo ella sabía, cerrada en sí misma.  La observaba cada día, a la misma hora , muy temprano por la mañana , salía a barrer al portal de su casa, y barría con parsimonia, como una autómata, como si actuara regulada por un reloj interno, como si sus acciones cotidianas fueran el resultado de una simple programación, fachendosa, sumisa de su destino, impasible, así se la veía moverse, salía y barría, y así barría, así, así, algunos días barría más allá, como si la escoba la llevara, y con cada brazada avanzaba un pequeño tramo de la acera, si me descuido, algunos días barría toda la acera.

Yo estaba aquel día tomando mi café solo con azúcar, como cada mañana en aquel bar de la esquina, cuando de repente salió a barrer aquella mujer, que llevaba observando unos meses, y que sin yo darme cuenta se encontraba en mi pensamiento al levantarme, me preguntaba en la ducha, si hoy barrería más acera, si tendría esa mañana una fregona en vez  de su escoba, si alguna vez la vería sin aquel pulcro delantal o si alguna vez cruzaría la calle para desayunar, cuando de repente, aquel día como si lo más normal del mundo fuera, como si no resultara algo extraordinario, una excavadora de la obra de la zona entró en escena, ¡y  yo lo vi!, yo vi desde mi mesita, con  mi humeante café, como aquella mujer siguió barriendo de pasito en pasito, atónito, contemplé que aquella mujer acabó encima, o mejor dicho,  ¡dentro!  de aquella mano gigante de metal, y no pudiendo con mi asombro, con mi mano levantada y quieta agarrando fuertemente mi café, ¡pude contemplar un hecho extraordinariamente cotidiano! ¡aquella extraña mujer! ¡mientras barría!, fue levantada lentamente por el brazo de la excavadora hasta llegar casualmente a la altura de uno de los ventanales de su casa, y como si nada, ¡qué hizo ella! ¡seguir barriendo!, y con su pequeño paso pausado entrar en su casa por la ventana, sin inmutarse, ¡sin darse cuenta ni de la gravedad al ser elevada!, aquella mujer actuaba como una autómata, de tal manera, que vivió ese hecho como si ocurriese cada día, como si el ser elevado por el brazo de una excavadora y a continuación entrar por una de las ventanas de su casa no solo ocurriese en las viñetas de humor de El País, aquella mujer actuó insólitamente normal con aquella máquina gigante, como si de un favor mutuo se tratase, como si hubiera sido cómodo para ella, cómodo para la máquina, beneficiándose, como si se ayudaran cada una con su tarea diaria, y de mutuo acuerdo, sospeché yo, un tiempo después, cuando escuché una historia en el bar que me dejó helado, hablaban de extrañas personas, que parecían autómatas, pero que también parecían felices, personas perfectas, que pertenecían a un proyecto del gobierno llamado “ Inmersión de autómatas en la sociedad “, un proyecto que, decían , se mantenía en secreto….

EILA

Mi marcianita de Marte

Ella me encantaba porque todo le daba igual. Ella era como era. Eso es lo que transmitía a todo el mundo. Se podría decir que era algo estrafalaria, diferente, pero de esa forma especial que daba confianza.  A pesar de lo pequeña que era, aquella mujer llamaba la atención, tenía presencia. Ella era única para mí, estaba completamente enamorado, me gustaba como se movía con pasitos rápidos por el mundo, generaba música con su cuerpito, caminando movía los brazos, casi bailando, a veces hasta a mi me hacía dudar de si llevaba los cascos de música puestos, aun sabiendo que eso era imposible, porque mi marcianita (como yo la llamaba), nunca llevaba de esos aparatejos (como ella decía) porque ella quería escuchar el mundo y no perderse nada de lo que pudiese oír allá donde fuera. Era natural, como nunca a nadie había conocido. Puedo confirmar que nunca, ni una sola vez , ella se había preocupado de lo que la gente pensara. En verano, cuando caminaba por la calle en bikini, y yo le decía que las señoras y los señores le echaban miradas de todo tipo, ella me contestaba que estaba loquito, que nadie la miraba, que serían  miradas de envidia, de lo fresquita que estaba ella y lo pegajosos y sudorosos que se sentían ellos. Un día la llevé a un restaurante de la ciudad, uno elegante, y ella se había puesto preciosa, más que nunca, llevaba un vestido rojo largo y su negro pelo ondulado lo llevaba recogido de forma que coquetos mechones le acariciaban las mejillas. Durante la cena ocurrió de todo. Ella nunca bebía alcohol, y cuando lo hacía se volvía todavía más traviesa. Con mirada picarona se tomaba su primera copa de vino, mientras degustaba con ganas una buena lubina. Pero mi marcianita podía hacer demasiadas cosas a la vez, podía comer, masticar como si nada ocurriese, saborear su vino tinto , coger un cacho de pan, mojar en la salsa, abrir ligeramente la boca, tragar, engullir las ricas patatas, mientras, por debajo de la mesa, con aquellos hábiles piececitos, me ponía más salido que el pico de una plancha. Yo, casi sin comer, estático en mi asiento, solo podía ver su escote iluminándose con la vela, su boca, su lengua, su pervertida mirada, me entró un sofocante calor que me hizo quitarme la americana, al no poder levantarme de mi asiento para ir a refrescarme al baño. Ella me dejaba absorto, tanto, que no escuché al camarero cuando me vino a servir la carne, justo en el momento en el que yo había decidido llamarle para pedir una botella de agua, porque el vino ya me estaba abrasando, el vino, y mi marcianita, el hecho es que me giré en el  mismo momento en el que él se me acercaba con el segundo pedido, tirándole así el plato, mi plato, por encima de mis pantalones, exactamente por encima de mi entrepierna, que en ese momento se veía más de lo normal, el camarero instantáneamente me quiso limpiar con la servilleta, pero mi marcianita se levantó con esos bailes suyos y le dijo con voz cantarina -déjeme, déjeme a mi, esto es cosa mía-, guiñándole un ojo, cogió la servilleta y se arrodilló ligeramente para limpiarme con cariño y esmero, en la misma zona en la que llevaba trabajando ya toda la cena, pero esta vez, todos nos veían, algo que como decía, a ella no le importaba en absoluto, ella era como era, y yo ya había aprendido a dejarme llevar por esos grandes momentos, no iba a desaprovechar el tremendo placer que mi marcianita me daba, sólo porque algunas personas nos estuvieran mirando.

EL BANCO

Era el banco más solicitado del parque de los naranjos . Porque tenía una disposición especial, orientado hacia el sur te permitía ver una panorámica de la ciudad, la colina en la que estaba ubicado hacía que estuviera aislado del resto y transmitía una tranquilidad particular a aquellos que consiguieran sentarse en él. Los paisanos de la zona tenían un horario establecido para ocupar el banco, de forma que todos pudieran disfrutarlo.

Aquel día,en la hora de después de comer, era el turno de Juan, que como cada tarde, al salir de trabajar, se sentaba allí a leer el periódico y a descansar de la dura jornada. Había leído tan sólo la primera página cuando apareció un señor grande con pinta de extranjero, se sentó al lado de Juan, en su turno, en su banco. El señor era tan gordo que invadía su espacio, a pesar de que en el banco cabían dos personas sin molestarse. Juan, por no decir nada, intentó seguir leyendo la prensa, sintiendo como el cuerpo del acompañante inesperado se hinchaba y desinflaba con cada respiración, Juan estaba ligeramente nervioso, el señor gordo había alterado el mejor momento del día. Siguió leyendo, escuchando los ruidos guturales que hacía el señor al masticar con la boca abierta, el perrito con cebolla,queso y mucha salsa, que se estaba comiendo. De repente, un proyectil cayó en medio del periódico de Juan. Del impacto, a Juan se le escapó de las manos, para acabar apoyado en sus rodillas, arrugado y manchado de ketchup. En la sección de política reposaba una salchicha grasienta. La salchicha había salido disparada del perrito, cuando el señor, al querer darle un bocado, lo apretó con las rechonchas manos. La trayectoria de la salchicha, en forma de globo, la había llevado directamente al periódico. Juan miró a su colindante compañero, queriendo decirle cortésmente que por favor se fuera de su banco, pero no pudo evitar sonreír por dentro al ver la cara del señor, con los ojillos muy abiertos y la boca en forma de o, el señor sin decir nada, se levantó, se ausentó cuatro minutos exactamente, y regresó con dos perritos esta vez,  y un nuevo periódico. Por supuesto, el periódico era para Juan, también uno de los perritos. Juan, que todavía no había comido aquel día, se sintió agradecido por el obsequio, y sorprendido,  disfrutó comiendo con aquel señor con el que no hacía falta decir nada, se alegró de compartir el banco con él. Ya leería el periódico en otro momento


CASA INFANCIA

No era una casa. Era LA casa. Lo tenía todo. Todo aquello, que cuando eres pequeño, se puede desear. A cualquier niño se le haría la boca agua al oler tal asfixiante atmósfera de aventuras. Al entrar, se activaba una señal de emocionante alarma en el pecho, de creciente sospecha de pasadizos olvidados, de recovecos por descubrir, de submundos por crear o de ansias por recrear de nuevo los ya fabricados. Mis primos, mis hermanas y yo, íbamos a la casa con efervescente curiosidad por saber que nos depararía el día,siempre domingo, cualquier domingo, domingo de primavera, de verano, de invierno, domingo de navidad, a casa de mis abuelos sólo íbamos los domingos.

La casa transmitía fuerza, se podía palpar la energía en los poros de las paredes, se podía sentir en los pies el flujo que emanaba del suelo, refulgía en los cristales de las ventanas, recorría los marcos de las puertas, dejando franqueables velos que transmitían un hormigueo al traspasarlos .

En un mismo día, en un mismo espacio, ocurrían mil acontecimientos, se fabricaban mil historias para contar. Los miembros familiares, niños, adultos y ancianos, se juntaban para finalizar la semana. Los niños comíamos en una mesa, los adultos en otra más grande, dos mesas juntas con abundante comida, con olores que se pegaban a las paredes de la nariz, que te hacían sentarte a comer con más hambre de la que traías, aunque al ser yo niña, recuerdo, que tan pronto te saciabas, la nariz husmeaba nuevos apetitos, nuevos deleites , y  la mesa de los niños se quedaba pronto vacía, desaparecíamos todos de nuestras sillas, de un salto las bajábamos y salíamos corriendo a jugar por todo el recinto, e incluso por los alrededores.  Cuando los adultos terminaban de comer , recogían la mesa y la cocina, pero después cada uno elegía una actividad diferente, y también juntos se desarrollaban todas ellas. Te  envolvía el bullicioso ambiente familiar, relajado, alterado, siempre en movimiento. En la casa, se escuchaban largas conversaciones, tribales, relevantes, interesantes, divertidas, silenciosas, múltiples, ruidosas. Por momentos también se escuchaban retazos de aburrimiento, de cansancio, pero de ese que se vive con agradable modorra. Allí se dialogaba, se discutía, se vociferaba, se meditaba. Se escuchaban chasquidos de besos por aquí y allá, achuchones de mofletes,  niños llorando, gritando, cantando,  órdenes de madres,  palmadas, bofetones,  sonrisas,  risas,  carcajadas repentinas,  tacones flotando en el aire, zapaticos de niños revoloteaban por los dibujos geométricos del parqué. Sobre las ocho de la tarde se escuchaba el fútbol, ese inconfundible sonido embotellado en la radio, siempre acompañando a mi abuelo por la casa, se le veía sentado en su butaca, en el patio, en el despacho, siempre a un volumen altísimo, porque mi abuelo no escuchaba bien, a veces lo veía en la televisión del salón y la electricidad estática envolvía el ambiente de un casi apreciable verde hierba. El canto de los pájaros también era inherente a la casa ,y de noche, cuando nos quedábamos a dormir, te adormecías con los ladridos de las casas vecinas, como si los perros fueran el modo que tenían las casas de darse las buenas noches.

Llegábamos a la casa por la mañana, a veces justo antes de comer,  mi padre aparcaba en la bajada de la cuesta, con el morro hacia abajo. Cuando se abría el portalón, lo primero que veías era a Sultán, atado a su caseta, situada en el patio, al lado de la barandilla color óxido no oxidada. A Sultán le encantaba ladrar, era el perro más joven de la casa, un pastor alemán que tenía que estar atado porque le gustaba hincar el diente a las deliciosas manitas que se le acercaban, se podía oler el nervio en constante fervor de Sultán, de pie, atado, con movimientos rápidos de un lado al otro ; mientras, al lado, siempre tumbado en el suelo,de baldosas de color teja, calentadas por el sol, se complacía Sansón, estoico, con esos aires tan pacíficamente señoriales, el delgado dogo de la casa, el más viejo, el más alto , el más señor.

Al otro lado del patio, pegada al muro de piedra, bajo el gran magnolio, se encontraba una casita de muñecas, pero no una de juguete, una casa para jugar en miniatura, la había fabricado mi abuelo para mi madre y sus hermanas, era casi una réplica de la casa, con un tejado rojo a dos aguas, con paredes blancas y con los marcos de las ventanas de piedra gris, dentro de la casa había un pequeño lavabo,un lavadero antiguo y una diminuta cocina. Cuando yo era pequeña, por dentro ya  estaba un poco abandonada, pero a nosotros nos encantaba, era muy divertido subirse al tejado, aunque nos avisaban y avisaban que se podía caer , que estaba algo derruida.

Hubo una época que mi tío Carlos había traído un mono muy pequeño a la casa, vivía en el perenne magnolio , tuvieron que atarlo con una cuerda al árbol, igual que a Sultán, porque mordía como endemoniado, pero con el mono eso no valía de nada, porque su inteligencia le bastaba para soltarse del árbol, recuerdo sentir un pánico atroz cuando de repente veías a alguien asustado gritando que el mono se había escapado, también recuerdo salir corriendo al verlo amenazante con sus dientes, era muy gracioso porque todos  los que estábamos en el patio acabábamos escondiéndonos en el primer coche que estuviera aparcado , y a veces había hasta seis coches  aprovechando estratégicamente el espacio. Mi abuela, aún es hoy el día en el que enseña el dibujo que le dejaron los dientes del mono en la pierna izquierda.

En el centro del patio había un crucero con tres pequeños escalones en la base, en las que nos sentábamos los niños pequeños entre juego y juego.

Nuestros juegos recorrían toda la casa. Cuando entrabas por la puerta había un espacio abierto, con techos altos y suelos de mármol rosa,  a mano izquierda estaba la escalera de moqueta azul, que llevaba a la segunda planta, la escalera subía, giraba, y volvía a girar, iluminada por un único y gran ventanal, con el relieve de un gran velero en el cristal, todavía quiero a aquella escalera, en la que jugábamos a las canicas con mi tío Dani, el más joven de los siete hijos y el que nos iniciaba en muchos de nuestros juegos ; cuando nos quedábamos a dormir, mi tío montaba un tobogán de colchones en la escalera, era el mejor tobogán que he probado en mi vida, allí he tenido de mis mejores carcajadas.

La escalera también tenía su cuartito de debajo, estrecho, de techo bajo, con la bombilla muy cerca de la cara, y todo de madera . En teoría era el cuarto de las herramientas, pero sin duda era el indudable cuarto de las ratas, porque así le llamaban todos, a los niños nos daba miedo entrar, pero creo que a los mayores también, se escuchaban patitas correteando y ruidos imposibles de ubicar, había otra casa dentro de ese cuarto,como ocurría con prácticamente todas las partes de la casa, como las heterotopías de Foucault, contralugares dentro de otros lugares, no acabaría nunca describiendo todos aquellos sitios mágicos, que por desgracia, no existen hoy en día.

La entrada daba mucho de sí. A mano izquierda, la escalera, al lado, el pasillo que llevaba a la fría cocina y al salón, al fondo del pasillo, el baño blanco y la habitación de la plancha ; de frente a la maciza puerta de entrada, unos 15 metros al fondo, estaba el cuarto de los juguetes, con doble puerta acristalada, metido hacia dentro en la pared, dejando un hueco que nos servía a nosotros de portería ( mi tío Dani nos entrenaba desde los 6 años, para ser futuras porteras de la selección),  el cuarto de los juguetes era oscuro, la bombilla daba una luz tenue y misteriosa, estaba formado por dos pequeños pasillos en forma de ele, al entrar un ropero con abrigos nos permitía escondernos dentro, al fondo, las baldas de madera iban desde el suelo hasta el alto techo y contenían aquellos interesantes juguetes que habían perdurado tras siete hijos crecidos. Hubo un día, que jugando al escondite, nuestro tío Dani nos tuvo media hora buscándole, porque cada vez que nos escuchaba llegar se subía hasta el techo, poniendo un pie en la pared y otro en  las baldas de madera, nosotros, ¡pasando por debajo y sin enterarnos !, si él no nos hubiera avisado hubiera estado allí todo el día, parecía un Spiderman descubriendo su poder, con las cuatro extremidades en forma de equis encogida.

Mis señores, podría continuar infinitas horas describiendo La Casa, quizá mañana, pero ahora me tengo que ir a la cama, a soñar con monos, colchones, canicas y ratas.