CASA INFANCIA

No era una casa. Era LA casa. Lo tenía todo. Todo aquello, que cuando eres pequeño, se puede desear. A cualquier niño se le haría la boca agua al oler tal asfixiante atmósfera de aventuras. Al entrar, se activaba una señal de emocionante alarma en el pecho, de creciente sospecha de pasadizos olvidados, de recovecos por descubrir, de submundos por crear o de ansias por recrear de nuevo los ya fabricados. Mis primos, mis hermanas y yo, íbamos a la casa con efervescente curiosidad por saber que nos depararía el día,siempre domingo, cualquier domingo, domingo de primavera, de verano, de invierno, domingo de navidad, a casa de mis abuelos sólo íbamos los domingos.

La casa transmitía fuerza, se podía palpar la energía en los poros de las paredes, se podía sentir en los pies el flujo que emanaba del suelo, refulgía en los cristales de las ventanas, recorría los marcos de las puertas, dejando franqueables velos que transmitían un hormigueo al traspasarlos .

En un mismo día, en un mismo espacio, ocurrían mil acontecimientos, se fabricaban mil historias para contar. Los miembros familiares, niños, adultos y ancianos, se juntaban para finalizar la semana. Los niños comíamos en una mesa, los adultos en otra más grande, dos mesas juntas con abundante comida, con olores que se pegaban a las paredes de la nariz, que te hacían sentarte a comer con más hambre de la que traías, aunque al ser yo niña, recuerdo, que tan pronto te saciabas, la nariz husmeaba nuevos apetitos, nuevos deleites , y  la mesa de los niños se quedaba pronto vacía, desaparecíamos todos de nuestras sillas, de un salto las bajábamos y salíamos corriendo a jugar por todo el recinto, e incluso por los alrededores.  Cuando los adultos terminaban de comer , recogían la mesa y la cocina, pero después cada uno elegía una actividad diferente, y también juntos se desarrollaban todas ellas. Te  envolvía el bullicioso ambiente familiar, relajado, alterado, siempre en movimiento. En la casa, se escuchaban largas conversaciones, tribales, relevantes, interesantes, divertidas, silenciosas, múltiples, ruidosas. Por momentos también se escuchaban retazos de aburrimiento, de cansancio, pero de ese que se vive con agradable modorra. Allí se dialogaba, se discutía, se vociferaba, se meditaba. Se escuchaban chasquidos de besos por aquí y allá, achuchones de mofletes,  niños llorando, gritando, cantando,  órdenes de madres,  palmadas, bofetones,  sonrisas,  risas,  carcajadas repentinas,  tacones flotando en el aire, zapaticos de niños revoloteaban por los dibujos geométricos del parqué. Sobre las ocho de la tarde se escuchaba el fútbol, ese inconfundible sonido embotellado en la radio, siempre acompañando a mi abuelo por la casa, se le veía sentado en su butaca, en el patio, en el despacho, siempre a un volumen altísimo, porque mi abuelo no escuchaba bien, a veces lo veía en la televisión del salón y la electricidad estática envolvía el ambiente de un casi apreciable verde hierba. El canto de los pájaros también era inherente a la casa ,y de noche, cuando nos quedábamos a dormir, te adormecías con los ladridos de las casas vecinas, como si los perros fueran el modo que tenían las casas de darse las buenas noches.

Llegábamos a la casa por la mañana, a veces justo antes de comer,  mi padre aparcaba en la bajada de la cuesta, con el morro hacia abajo. Cuando se abría el portalón, lo primero que veías era a Sultán, atado a su caseta, situada en el patio, al lado de la barandilla color óxido no oxidada. A Sultán le encantaba ladrar, era el perro más joven de la casa, un pastor alemán que tenía que estar atado porque le gustaba hincar el diente a las deliciosas manitas que se le acercaban, se podía oler el nervio en constante fervor de Sultán, de pie, atado, con movimientos rápidos de un lado al otro ; mientras, al lado, siempre tumbado en el suelo,de baldosas de color teja, calentadas por el sol, se complacía Sansón, estoico, con esos aires tan pacíficamente señoriales, el delgado dogo de la casa, el más viejo, el más alto , el más señor.

Al otro lado del patio, pegada al muro de piedra, bajo el gran magnolio, se encontraba una casita de muñecas, pero no una de juguete, una casa para jugar en miniatura, la había fabricado mi abuelo para mi madre y sus hermanas, era casi una réplica de la casa, con un tejado rojo a dos aguas, con paredes blancas y con los marcos de las ventanas de piedra gris, dentro de la casa había un pequeño lavabo,un lavadero antiguo y una diminuta cocina. Cuando yo era pequeña, por dentro ya  estaba un poco abandonada, pero a nosotros nos encantaba, era muy divertido subirse al tejado, aunque nos avisaban y avisaban que se podía caer , que estaba algo derruida.

Hubo una época que mi tío Carlos había traído un mono muy pequeño a la casa, vivía en el perenne magnolio , tuvieron que atarlo con una cuerda al árbol, igual que a Sultán, porque mordía como endemoniado, pero con el mono eso no valía de nada, porque su inteligencia le bastaba para soltarse del árbol, recuerdo sentir un pánico atroz cuando de repente veías a alguien asustado gritando que el mono se había escapado, también recuerdo salir corriendo al verlo amenazante con sus dientes, era muy gracioso porque todos  los que estábamos en el patio acabábamos escondiéndonos en el primer coche que estuviera aparcado , y a veces había hasta seis coches  aprovechando estratégicamente el espacio. Mi abuela, aún es hoy el día en el que enseña el dibujo que le dejaron los dientes del mono en la pierna izquierda.

En el centro del patio había un crucero con tres pequeños escalones en la base, en las que nos sentábamos los niños pequeños entre juego y juego.

Nuestros juegos recorrían toda la casa. Cuando entrabas por la puerta había un espacio abierto, con techos altos y suelos de mármol rosa,  a mano izquierda estaba la escalera de moqueta azul, que llevaba a la segunda planta, la escalera subía, giraba, y volvía a girar, iluminada por un único y gran ventanal, con el relieve de un gran velero en el cristal, todavía quiero a aquella escalera, en la que jugábamos a las canicas con mi tío Dani, el más joven de los siete hijos y el que nos iniciaba en muchos de nuestros juegos ; cuando nos quedábamos a dormir, mi tío montaba un tobogán de colchones en la escalera, era el mejor tobogán que he probado en mi vida, allí he tenido de mis mejores carcajadas.

La escalera también tenía su cuartito de debajo, estrecho, de techo bajo, con la bombilla muy cerca de la cara, y todo de madera . En teoría era el cuarto de las herramientas, pero sin duda era el indudable cuarto de las ratas, porque así le llamaban todos, a los niños nos daba miedo entrar, pero creo que a los mayores también, se escuchaban patitas correteando y ruidos imposibles de ubicar, había otra casa dentro de ese cuarto,como ocurría con prácticamente todas las partes de la casa, como las heterotopías de Foucault, contralugares dentro de otros lugares, no acabaría nunca describiendo todos aquellos sitios mágicos, que por desgracia, no existen hoy en día.

La entrada daba mucho de sí. A mano izquierda, la escalera, al lado, el pasillo que llevaba a la fría cocina y al salón, al fondo del pasillo, el baño blanco y la habitación de la plancha ; de frente a la maciza puerta de entrada, unos 15 metros al fondo, estaba el cuarto de los juguetes, con doble puerta acristalada, metido hacia dentro en la pared, dejando un hueco que nos servía a nosotros de portería ( mi tío Dani nos entrenaba desde los 6 años, para ser futuras porteras de la selección),  el cuarto de los juguetes era oscuro, la bombilla daba una luz tenue y misteriosa, estaba formado por dos pequeños pasillos en forma de ele, al entrar un ropero con abrigos nos permitía escondernos dentro, al fondo, las baldas de madera iban desde el suelo hasta el alto techo y contenían aquellos interesantes juguetes que habían perdurado tras siete hijos crecidos. Hubo un día, que jugando al escondite, nuestro tío Dani nos tuvo media hora buscándole, porque cada vez que nos escuchaba llegar se subía hasta el techo, poniendo un pie en la pared y otro en  las baldas de madera, nosotros, ¡pasando por debajo y sin enterarnos !, si él no nos hubiera avisado hubiera estado allí todo el día, parecía un Spiderman descubriendo su poder, con las cuatro extremidades en forma de equis encogida.

Mis señores, podría continuar infinitas horas describiendo La Casa, quizá mañana, pero ahora me tengo que ir a la cama, a soñar con monos, colchones, canicas y ratas.

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